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INTRODUCCIÓN
MAR NEGRO 40 millas al Norte de Turquía
COORDENADAS: Latitud 42º 22´ 19 Norte
Longitud 34º 09´ 34 Este
Su catadura iba a juego con sus rostros y ropas. Barbudos, mugrientos, sus turbantes seguramente blancos muchos años atrás, ahora eran oscuros a causa de la suciedad que albergaban. Uno de los tres tipos lucía un ojo casi completamente blanco de tan desviado que lo tenía, era bizco. El que maniobraba la lancha no iba armado, pero la emisora de radio en bandolera continuaba en su lugar. Ni una sola arma a la vista en sus manos. Los otros dos tripulantes iban armados con rifles de asalto Kalashnikov. Con cinta aislante tenían sujeto al cargador montado en el arma otro cargador colocado al revés para ganar décimas de tiempo al cargar de nuevo. El bizco, en perfecto inglés mientras su colega apuntaba con su arma a Marc ordenó:
— Detenga el barco y arríe el velamen.
— No pienso hacerlo. Será mejor para ustedes que se larguen. Tengo dos hombres armados apuntándoles con escopetas por las escotillas —contestó Marc en inglés.
El bizco dirigió una mirada al costado del barco, a pesar de observar los supuestos cañones de armas de fuego que sobresalían ligeramente entre las cortinas de los ojos de buey, hizo un gesto desdeñoso y afloró en su rostro una cruel sonrisa.
— Está bien el truco de gente armada en el interior del barco, ordéneles que hagan un disparo al aire, si lo hace le dejaremos marchar en paz.
Marc se sintió pillado en su propia mentira.
— Está bien. Viajo solo. Pero no pienso arriar velas ni dejarles subir al barco. Y no voy a darles nada. He pedido ayuda por radio, una patrullera se dirige a toda máquina hacía aquí.
— Tengo entendido que no le han contestado. —Respondió el bizco señalando con un dedo la emisora del compinche que maniobraba la lancha— Y en el caso de que le hubieran contestado, dudo mucho que estuvieran cerca, no patrullan por estas aguas. Cuando ellos hubieran llegado nosotros ya estaríamos en tierra. Las cosas en éste país van muy despacio, ya debería saberlo. Será mejor que tire su arma y se sitúe en la proa, si no lo hace le mataremos y saquearemos su barco igualmente. No tenemos nada que perder.
A pesar de sus palabras el bizco no las tenía todas consigo. No le gustó ver cómo asomaban de entre los dedos de la mano izquierda de Marc los tres cartuchos y que al mismo tiempo, con la misma mano, sostenía la caña de la escopeta. Ello era señal inequívoca de que quien hacía eso sabía manejar un arma y cargarla de nuevo en el mismo tiempo en que parpadean unos ojos.
Marc, manteniendo la sangre fría, también pensaba rápidamente. Llegó a la conclusión que le matarían igualmente. Sólo había que observar cómo el compañero del bizco acariciaba el gatillo de su arma. Sus ojos le delataban, estaba deseando oler la sangre y ninguno de ellos se había cubierto el rostro. El bizco era un personaje al que se podía describir muy fácilmente en una denuncia. La policía turca un día u otro le identificaría y le metería entre rejas, muriendo de viejo mientras esperaba un juicio.
— Voy a defenderme y acabaré con vosotros si no os largáis de inmediato —dijo alzando el arma.
No tuvo tiempo de más, escuchó pasar los proyectiles de la Kalashnikov a la velocidad del sonido junto a sus oídos antes de escuchar el tableteo del arma automática.
En un gesto instintivo Marc se encogió justo en el momento que el de los ojos asesinos le disparaba, sintió una gran quemazón, uno de los disparos le había alcanzado en la cabeza.
Marc encañonó al que le había disparado. El disparo fue terrible, las postas levantaron al pirata medio palmo de la tabla dónde estaba sentado y un rosario de flores carmesí adornó su pecho. Una décima de fracción de segundo más tarde efectuaba otro disparo esta vez contra el bizco al mismo tiempo que éste también disparaba. Las postas de la escopeta de Marc llegaron antes. La ráfaga del bizco salió desviada hacía la izquierda de Marc. El timonel intentaba arrancar de las manos del que había recibido el disparo de Marc el Kalashnikov al que se aferraba como a la vida misma.
— ¡Quieto! ¡Quieto! —Ladró Marc.
* * * * * * * * * * *
UNOS DÍAS MÁS TARDE EN EL MEDITERRÁNEO OCCIDENTAL
COORDENADAS: Latitud 37º 30´ 47 Norte
Longitud 01º 06´ 67 Este
Marc, lentamente, se levantó y recogió su ropa esparcida por todas partes, se vistió sentado en la cama y de espaldas a la mujer. Una vez vestido le dirigió una última mirada. Marc no se había dado cuenta, pero mientras se vestía, ella se había despertado y con la cabeza ladeada estaba observándole. Éste, con ternura en la mirada, silenciosamente, inició un lento movimiento para darle una caricia en la mejilla, pero ella en un rápido gesto le apartó la mano. En su mirada había nacido de nuevo aquella mirada tan peculiar que volvía a reflejar aquel odio contenido. Marc, sin saber que decir, azorado y avergonzado, bajó la mirada y se dirigió a cubierta.
Al llegar arriba lanzó la característica mirada alrededor del barco sin divisar nada excepto mar. Se sentó en la bañera y cruzando los brazos se sumió en vagos y a la vez profundos pensamientos.
¿Había hecho algo malo? ¿Qué es lo que pasaba por la mente de ella? ¿Qué había cambiado del antes, cuando le hizo el amor, al después del ahora? ¿Pensaría ella, que él se había aprovechado de su debilidad por la reprimenda que le había lanzado, para luego llevarla a su terreno, a su camarote?
Se sentía confuso, no hallaba ninguna explicación, a aquel comportamiento tan extraño.
De pronto apareció ella en cubierta, sin saber muy bien a qué atenerse y con cara de circunstancias.
Se sentó frente a Marc y le miró en silencio.
Marc no se atrevía a levantar la vista, en su fuero interno pensaba que su error había sido seducirla sin querer, por el mero hecho de haber sentido aquella ternura infinita después de sus gritos. Pensó que ella quizás le hacía culpable a él de haberla llevado a su terreno, a sus brazos.
La mujer le golpeó suavemente la pierna con su pie, como sin querer. Marc levantó la vista. La vio allí mirándole muy seria, pero serena, con toda su belleza resaltando sobre el horizonte del mar.
“Está preciosa. Madre de Dios qué bonita es esta mujer. No es de extrañar que haya perdido la razón”. —Pensó Marc.
Ella debió captar la mirada de admiración en el rostro de Marc y con dulzura dijo:
— Los azotes han sido el dolor más maravilloso que jamás me han infligido. La primera vez que presencié este tipo de azotes lloré de vergüenza y rabia.
El rostro de Marc enrojeció como un colegial, y un suspiro de alivio surgió de lo mas profundo de su ser.
Ella se sentó a su lado y cogiéndole la mano le dijo:
— Pocos hombres me han hecho el amor, muy pocos, pero creo que muy pocos deben hacer el amor como lo haces tú. Nunca imaginé que el placer pudiera casi matar. Nunca hubiera imaginado que se pudiera amar como tú me has amado allá abajo —dijo, señalando con el mentón el camarote. Y continuó— lo que he sentido hoy nunca imaginé que se pudiera sentir por un hombre. No sabía que existiera ese sentimiento. Yo creía que lo que sentía por un hombre que debe estar en Barcelona en estos momentos ya era la plenitud del amor. Ahora me doy cuenta cuán equivocada estaba. Si él me hubiera hecho el amor como me lo has hecho tú, seguramente no se habría visto obligado a hacerme daño porque yo misma le habría pedido los azotes, igual que te los he pedido a ti. Ya no siento ese odio hacía todos los hombres, me he dado cuenta en el momento en que te he visto salir del camarote hace escasos minutos. Siento el gesto que te he hecho cuando has intentado acariciarme —le dijo dándole un beso en la mejilla—. Quizás con el tiempo sólo odie a un hombre en concreto. De momento puedo decir que amo a otro, y ese hombre eres tú —acto seguido le dio un beso dulce y suave en los labios....
CAPITULO 1º
BARCELONA
El reloj de la Bolsa marcaba las diez. Debido a lo temprano de la hora y a la época del año, el Paseo de Gracia no se hallaba muy concurrido.
En una de aquellas llamadas, la mujer sonreía al hablar. Por la mirada brillante y alegre en sus bellos ojos se adivinaba que hablaba con su novio, marido, o amante.
Un ligero aire de levante, húmedo y fresco, con ánimos de traer tormenta, hacía ondear su oscura cabellera. Algunos rayos de sol atravesaban las nubes de vez en cuando, y cuando estos alcanzaban su abundante melena le conferían un color brillante y majestuoso que le daba una apariencia irreal.
Una persona conocida pasó por su lado. Le saludó con un gesto cariñoso de la mano y siguió discreta su camino no queriendo interrumpir la conversación telefónica de la mujer. Ella, a su vez, la saludó con repetidos movimientos de mano, y la obsequió con una sonrisa que cercenaba el alma por lo hermosa que era.
Quienes no la conocían al cruzarse con ella le dirigían furtivas miradas. Se quedaban mirándola atónitos y embelesados. Era imposible que nadie se sintiera ajeno a aquella presencia. Hombres, mujeres, jóvenes y viejos la observaban furtivamente.
Otros transeúntes, más descarados, al pasar por su lado no podían evitar sus miradas de admiración o envidia sin límites. La mirada de los hombres era de admiración y deseo. La de las mujeres, salvo algunas excepciones, era de envidia.
La gitana se cruzó en su camino. La miró indiferente, pero a la vez atraída por la belleza que aquella mujer emanaba. Continuó su nervioso pero despreocupado andar. De repente..., paró en seco su andar decidido. Lentamente se dio la vuelta, oteó el aire con la mirada y se cercioró de que quién había sobresaltado sus sentidos era la bella mujer.
Al colgar tras la última llamada, la bella mujer miró alrededor con sus hermosos ojos negros y encontró lo que buscaba, no sin antes captar el peso de una mirada ungida de miedo y pena en los ojos azules y luminosos de la extraña gitana.
Turbada, intentó aguantar la mirada; imposible, no pudo. Se dio la vuelta y se introdujo en la joyería que había localizado momentos antes.
La gitana dudó, no sabía qué decisión tomar. Su mirada averiguó la hora en la posición del Sol. Decidió esperar, pacientemente, con un bufido y gesto de resignación.
Pasaron diez, veinte, treinta minutos.
Al salir de la joyería, la bella mujer llevaba en su bolso, un reloj por valor de nueve mil doscientos Euros.
Al pisar la acera, vio de reojo a la gitana contemplándola con aquella extraña mirada. Ésta, inmóvil como una estatua, se mantenía en el centro de la amplia acera.
La bella mujer captó la extraña expresión y rehuyó de inmediato la mirada de límpido azul. Con paso rápido se alejó del lugar.
Curiosa, volvió la cabeza en un par de ocasiones.
La seguía, la gitana la seguía; tenaz, persistente, inquietante, enigmática.
La gitanilla de nuevo oteaba el aire con sus fosas nasales y su mirada; sus menudas piernas se movían el doble de rápidas que las largas zancadas de la bella mujer.
La gitanilla había confiado en que de un momento a otro la bella mujer se detendría y se enfrentaría a ella. Ahora un destello azul de reconocimiento cruzó la mirada de la gitanilla. Entendió sin lugar a equivocación que la elegante mujer continuaría en su huida.
Aceleró el paso. Un trote rápido le permitió acercarse a ella y cogiéndola de un brazo la obligó a detenerse y dar media vuelta. Límpida y azul la mirada de la gitanilla, colérica y oscura la de la bella mujer. Se miraron largamente. Calcularon sus respectivas fuerzas.
— ¿Cómo te llamas? —Preguntó de sopetón la gitana.
— Aina.
— Aunque no te guste, te leeré la mano Aina, y a decir verdad ni falta me hace para presentir la desgracia que sobre ti se cierne.
— Paparruchas, nunca he creído en esas sandeces.
— Eso es porque nunca te habías cruzado en mi camino, sólo deseo ver la palma de tu mano y leer en ella que estoy equivocada, que sólo he tenido un mal momento. Nada más deseo que equivocarme. Te lo juro por mis antepasados. Pero desprendes un halo fatal que no quisiera para mí.
Mientras la gitana le hablaba, a pesar de la dura oposición de la bellísima mujer, con una fuerza inusitada y con firmeza le alzaba la mano y la ponía palma arriba.
Ávida, la gitanilla leyó. Leyó, como si devorara con su azul y astuta mirada un soplo de surcos en la vida de la bella mujer.
Aina, percibió como se empañaba la mirada azul de la gitana, y un profundo pesar penetraba hasta el fondo de sus ojos azules. Asustada de la observación, retiró rápidamente su mano de entre las manos de la menuda mujer.
Ésta la cogió por ambos brazos, suavemente, le miró a los ojos y con compasiva mirada le susurró en voz profunda y sin emoción:
— Niña, a pesar de tu sorprendente hermosura, tu corazón sentirá el dolor de la desdicha. Vive Dios que estoy en lo cierto, eres como un libro abierto para mí y pronto, muy pronto, sabrás el dolor que inflige un gramo de infidelidad. Algo doloroso se cebará en ti y te hará mirar con distintos ojos a tus congéneres de diferente sexo ¿Quieres un consejo? Huye, huye lejos, muy lejos, tú sola, y abandona todo. No te lo pienses dos veces.
Hermosa aún en su palidez por la lectura de la gitanilla, Aina, la bella mujer, aún palideció más. El tono de voz de la gitana grave y profunda que desgranaba su garganta la sumió en un abismo de inquietantes sombras.
Sintió unas menudas garras clavarse en sus antebrazos. Un profundo apretón, producto de la presión de las manos de la gitanilla intentando hacer más fehaciente su advertencia.
— Ándate con ojo, pronto sabrás de la infidelidad. Más lejos en el tiempo, vas a conocer la muerte rondando a tu alrededor como un ave de presa, y cuando pienses que todo ha acabado... —meneó negativamente la cabeza con gran pesar, para acto seguido asintiendo de nuevo con la cabeza decir— volverá a rondar la muerte cerca de ti.
Aina, turbada, pudo balbucir una pregunta.
— ¿Cómo te llamas?
— Mi nombre no importa, pues no tengo. Hoy soy gitana, mañana, quizá sea un ángel y quién sabe cuando seré la muerte. La gitana avisa, el ángel guarda, y la muerte, con su guadaña, traiciona a la vida llevándosela a su resguardo. Si cuando te halles en apuros, soy ángel, velaré por ti, te lo juro, y haré que alguien te salve de la profundidad de los abismos, más nunca podré protegerte del sufrimiento que te provocará la pena y la desdicha.
Aina sintió que un escalofrío, le recorría la espina dorsal. A pesar de ello, volvió fría y dura su voz, y dijo:
— ¿Sabes? Tengo suficiente capacidad mental para olvidar lo que me has dicho y nunca más acordarme de ti.
— Puedes hacerlo puesto que en realidad no existo, pero era mi deber avisarte.
Otro escalofrío.
— Pues eso es lo que haré, que tengas buen día.
— También te lo deseo a ti. Adiós Aina.
— Adiós gitana.
Fin del capítulo
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